La miga del deporte. Lo que decimos en Abrí la Cancha. Tras el Mundial, el capital financiero norteamericano lanzó su ofensiva para quedarse con la pelota. Historia de una guerra silenciosa entre la FIFA, la UEFA y los fondos de inversión.
Por Carlos Aira
Dejamos pasar el tiempo. Era necesario. Luego de la final de New Jersey, se desató un mar de sensaciones difíciles de digerir para el pueblo argentino: pasar, en cuestión de días, del paroxismo a la duda más miserable. De la victoria histórica y épica ante Inglaterra —con la bandera de nuestras Islas Malvinas como eterno estandarte hacia el mundo— a tropezar de golpe con la maledicencia.
La final se perdió en un mal partido, mal trazado en lo estratégico y con una evidente falta de resto físico. El resto lo hizo la sospecha, que funcionó como un puñal cruel: ¿fueron para atrás?, ¿qué tipo de presiones recibieron la AFA y los jugadores? Los dueños de las intrigas dieron por sentado que la final ante España se entregó por factores extradeportivos, apoyándose en el video de una arenga que no fue y en una supuesta piña de futbolistas que ni siquiera existió. ¿Alguien sabe realmente cómo es una arenga previa a un partido vital? ¿Creen de verdad que son muchachos desatados a los gritos, como en las películas?
Argentina perdió y punto. El análisis deportivo ya lo hicimos en Abrí la Cancha, pero vale remarcar un solo detalle: si vas a entregar un partido, no lo estirás hasta el último cuarto del alargue; lo terminás antes y con otra cara. La Selección entregó absolutamente todo en lo que fue su verdadera final, tanto deportiva como mental: aquel 15 de julio de 2026 ante Inglaterra.
FIFA FORWARD ENTERPRISE: EL GRAN NEGOCIO POST MUNDIAL
Pero la Copa del Mundo 2026 tuvo otro correlato. Fue la Copa del Mundo organizada por la Nación que desea hacerse dueña del juego más maravilloso. El FIFAGATE de 2015 cambió las reglas de juego y la justicia de Nueva York le quitó el control operativo al negocio tradicional: esta fue la primera Copa del Mundo bajo las lógicas del Norte. Fue el Mundial de los cuatro tiempos, del presidente Donald Trump exigiendo condonar la sanción a un futbolista expulsado y de la profundización de una guerra geopolítica que ya lleva una década: UEFA contra FIFA.
En estos días, esa disputa por el control y el futuro del fútbol tomó una dimensión inédita tras el anuncio del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, sobre un proyecto con nombre propio: FIFA Forward Enterprise (FFE). No es otra cosa que el intento más agresivo por trasladar el modelo de negocio de las ligas estadounidenses —como la NFL, la NBA o la MLB— al fútbol internacional. Con esto, Infantino busca transformar la naturaleza histórica de la FIFA, pasándola de una federación deportiva tradicional a una corporación de entretenimiento global orientada a maximizar el valor para sus accionistas.
Para comprender lo que se está disputando, hay que entender de qué trataría esta empresa y cómo funciona el modelo norteamericano de deporte y espectáculo. La FIFA Forward Enterprise se estructuraría como una filial comercial y operativa privada diseñada para centralizar y explotar los derechos de televisión, patrocinios y licencias de los grandes torneos globales —el Mundial masculino, el femenino y el Mundial de Clubes— vendiendo una porción de sus acciones a corporaciones externas. Esta empresa, valuada en aproximadamente 20.000 millones de dólares, le permitiría a la FIFA retener el control mayoritario en el Consejo de Administración para conservar, en teoría, la gobernanza, los reglamentos y los calendarios deportivos.
Aquí es donde comienza a tallar el modelo estadounidense de deporte-entretenimiento, donde resulta imposible prescindir de los fondos de inversión y la ingeniería financiera de Wall Street. En el centro del lobby operan dos actores fundamentales: Thrive Eternal, un fondo de inversión privado señalado como el principal «inversor ancla» del proyecto, creado y liderado por Joshua Kushner —hermano de Jared Kushner, yerno y asesor de Donald Trump—; y JP Morgan, la influyente banca multinacional encargada de estructurar la arquitectura financiera de la filial y captar a los compradores accionarios minoritarios.
La zanahoria que Infantino les ofreció a las asociaciones nacionales para seducirlas fue la redistribución multimillonaria a través del programa FIFA Forward. Este esquema prometía un bono inmediato de 20 millones de dólares a cada una de las 211 federaciones miembro, además de un incremento drástico en los presupuestos destinados a infraestructura y desarrollo deportivo para los próximos ciclos.
Sin embargo, este movimiento reabrió con ferocidad la guerra desatada en 2015 entre la FIFA y la UEFA. La creación de la FIFA Forward Enterprise pondría en jaque mate al modelo asociativo europeo frente al modelo de franquicias estadounidense. El fútbol mundial se ha regido históricamente por la matriz europea, basada en estructuras sin fines de lucro, mérito deportivo con ascensos y descensos, y reinversión obligatoria. FFE, en cambio, pretendía importar los pilares del capitalismo deportivo norteamericano.
El primer pilar es la privatización de la gobernanza. Al vender hasta un 20 % de la filial a fondos de capital privado como Thrive Eternal, las decisiones de la FIFA dejarían de responder al beneficio del deporte para subordinarse a las exigencias de rendimiento financiero de Wall Street. En Estados Unidos la gestión comercial y la deportiva operan de forma independiente, y FFE buscaba exactamente eso: recluir la política y el reglamento en la FIFA tradicional mientras una corporación privada explotaba comercialmente los Mundiales.
El segundo pilar es la monetización extrema. En el deporte estadounidense el éxito no se mide por los ingresos anuales, sino por la valorización de los activos a largo plazo. Tasar la filial en 20.000 millones de dólares replicaba la fórmula de la NFL o la NBA al empaquetar derechos, patrocinios y licencias en una sola entidad comercial para inflar su valor de mercado. A esto se sumaba una inyección de capital inmediato de 4.200 millones de dólares mediante la venta de acciones para repartir dividendos rápidos, una estrategia típica del Private Equity para garantizar la fidelidad de los socios minoritarios.
Por último, la elección de fondos neoyorquinos y el respaldo de JP Morgan reflejaban el deseo manifiesto de validar el negocio ante los grandes capitales norteamericanos, acostumbrados a exprimir la rentabilidad de las franquicias deportivas y a crear masivamente nuevos productos de alto perfil. Diseños como el Mundial de Clubes de 32 equipos o la expansión del Mundial de selecciones a 48 países responden directamente a esta lógica de «más partidos, más ingresos» para sostener un contenido televisivo constante, similar al Super Bowl o los Playoffs.
EL COLOR DEL DINERO
La UEFA gobernó el fútbol mundial con mano firme, salvo en el ciclo de João Havelange —aquel waterpolista brasileño que comprendió tempranamente cómo expandir los negocios de la FIFA hacia horizontes impensados, al punto de otorgarle una vicepresidencia al tétrico almirante Carlos Lacoste tras el Mundial de 1978—. Tras la era Havelange, Europa necesitó retomar el control ordenado de una disciplina en constante expansión. Joseph Blatter fue el hombre indicado para esa etapa, hasta que su gestión saltó por los aires en 2015 con el FIFA-Gate.
El 26 de octubre de ese mismo año, Gianni Infantino anunció su candidatura a la presidencia de la FIFA con el respaldo unánime del Comité Ejecutivo de la UEFA, resultando electo el 26 de febrero de 2016. Desde entonces, el dirigente suizo caminó sobre la cuerda floja de un poder tensionado entre el capital norteamericano y las bases históricas europeas. La cuerda terminó de romperse con el ascenso del esloveno Aleksander Čeferin al frente de la UEFA en 2016.
Con una notable visión periodística, ya en noviembre de 2021 nuestro compañero de Abrí la Cancha, Nicolás Podroznik, anticipó lo que muy pocos advertían: el estallido de la guerra geopolítica entre la UEFA y la FIFA. En un análisis que se volvió de lectura obligada, expuso el choque entre dos modelos. Mientras la UEFA se fortalecía articulando con federaciones de segundo orden y creando la Nations League, la FIFA buscaba expandirse aliándose al capital financiero internacional y ampliando sus torneos. La tensión escaló con el fallido proyecto de la Superliga Europea —donde la FIFA operó en las sombras junto a JP Morgan— y el posterior contraataque de Infantino para imponer el Mundial cada dos años, una iniciativa diseñada para centralizar los ingresos televisivos que terminó naufragando ante el rechazo masivo de la CONMEBOL, los clubes y los futbolistas.
Para abril de 2023, el conflicto parecía haber alcanzado un punto de equilibrio. Tal como lo sintetizó el propio Podroznik, la mediación de Nasser Al-Khelaïfi —presidente del PSG y de la ECA— facilitó una paz armada mediante el diseño del nuevo Mundial de Clubes de 32 equipos. Este formato compensaba a los gigantes europeos con doce plazas y premios millonarios, permitiéndole a la FIFA ampliar sus fronteras comerciales sin amenazar la hegemonía continental de la UEFA. Sin embargo, aquel acuerdo profundizó la brecha económica global: mientras Europa y los capitales árabes consolidaban su hegemonía, la CONMEBOL y el resto de las confederaciones quedaban relegadas a una posición periférica.
Pero el escenario volvió a fracturarse. Con la necesidad de Estados Unidos de imponer definitivamente su matriz de negocios tras la Copa del Mundo, Infantino —alineado de forma irreversible con los capitales de Wall Street— anunció el proyecto FIFA Forward Enterprise.
La respuesta de la UEFA fue un boicot inmediato: sus 55 federaciones votaron por unanimidad retirarse de toda competición organizada por la FIFA si el plan avanzaba, lo que implicaba la ausencia de potencias como España, Francia, Inglaterra, Italia y Alemania en la Copa del Mundo. Tras la cancelación del proyecto, la UEFA emitió un durísimo comunicado declarando que la gestión de Infantino «perdió la confianza de la familia del fútbol» por operar mediante «planes secretos y opacos». Sin maniqueismos de buenos ni malos, Europa simplemente se plantó en defensa de sus propios intereses al percibir la iniciativa como una amenaza directa contra la UEFA Champions League y el valor de sus ligas locales.
Si bien la reacción europea era previsible, el impacto verdadero residió en la postura de las demás confederaciones. La CONMEBOL se manifestó con mesura pero firmeza en contra del proyecto, argumentando dos ejes centrales: la protección de los calendarios frente a la saturación de partidos pretendida por los fondos de inversión y, por sobre todo, la defensa del mérito deportivo frente a la intromisión del capital privado en la gobernanza del juego.
Sorprendió del mismo modo la negativa de la CONCACAF y de la Confederación Asiática de Fútbol, marcando el quiebre de dos aliados históricos de la FIFA. El portazo de Carlos Cordeiro —expresidente de la Federación Estadounidense— resonó con fuerza al señalar públicamente que FIFA Forward Enterprise representaba un pésimo negocio para el deporte.
Finalmente, África y Oceanía quedaron atrapadas entre la tentación financiera y la realidad política. Para sus federaciones, la promesa de un bono de 20 millones de dólares resultaba casi irresistible. Sin embargo, ante el peligro inminente de un Mundial despojado de Europa y Sudamérica —escenario que habría destruido el valor comercial de cualquier torneo y sus patrocinios globales—, ambas entidades retiraron su apoyo, dejando a Gianni Infantino en una situación de completo aislamiento político.
¿COMO SIGUE ESTO? ¿Y NOSOTROS?
La pregunta del millón que nos hacemos todos es evidente: ante el fracaso de la política tradicional del fútbol, ¿cómo actuará el capital financiero estadounidense? ¿Se resignará Wall Street a perder el control de un negocio de miles de millones de dólares? ¿Qué herramientas desplegará la Casa Blanca para presionar en pos de un objetivo que desvela al propio Donald Trump? ¿Podrá finalmente Estados Unidos quedarse con la hegemonía del fútbol global mediante la Enmienda Kissinger, como hemos señalado en una anterior Apilada Deportiva?
Es indudable que habrá un nuevo round. La gran incógnita es si volverá a salir a la cancha la justicia norteamericana, replicando la embestida judicial que sacudió los cimientos del deporte en 2015.
En medio de este escenario, surge otra pregunta clave: ¿dónde está parada la AFA? Luego del FIFA-Gate —cuyo epicentro de denuncias devastó a Sudamérica—, la CONMEBOL quedó sumamente debilitada. Tras la caída del paraguayo Juan Ángel Napout, la conducción recayó en su compatriota Alejandro Domínguez —hijo del histórico dirigente de Olimpia, Osvaldo Domínguez Dibb—, quien reconstruyó el vínculo con la nueva FIFA bajo una premisa de alineamiento total. Frente al nuevo mapa geopolítico, cabe cuestionarse si la CONMEBOL tiene hoy verdadero margen para despegarse por completo de los Estados Unidos.
Por su parte, la AFA ha construido una red internacional de negocios que la posicionado como la asociación nacional más codiciada a nivel global, teniendo en el territorio estadounidense un eje estratégico de expansión que incluye academias, sponsoreo y el desarrollo directo de su marca. ¿Tiene margen nuestro fútbol para despegarse de Estados Unidos? La respuesta es compleja, más aún cuando en el propio país del norte se libra una batalla interna con ramificaciones directas sobre la disputa por el control institucional y económico de la AFA, un botín gigantesco en la mira de diversos actores de poder.
Esta gran guerra global por el fútbol se combate en múltiples frentes, y Estados Unidos conserva su herramienta más implacable: la potestad territorial de su sistema judicial. Nos guste o no.
(*) Periodista / Conductor de Abrí la Cancha / Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.




