De la noche épica de Maradona al sol de la pelota naranja de Alonso, un recorrido por el lustro más intenso del fútbol argentino. Entre la crisis de la dictadura y el renacer democrático, estas crónicas rescatan los hitos, las internas políticas y los ídolos que forjaron la identidad del Superclásico en la década del 80.
Por Carlos Aira
La década del 80 es, para muchos futboleros, un lugar idílico. Lo es para quienes la vivieron y también para aquellos que no, pero encuentran en ella hitos fundacionales: el México 86 de Diego en su cénit, el punto álgido de la guerra Menotti-Bilardo —con sus respectivos salieris incluidos— y la voz inconfundible de Víctor Hugo Morales. Fue la era que vio nacer a Fútbol de Primera, las epopeyas de Argentinos Juniors y River en Tokio, el Ferro de Griguol, el Racing de la Supercopa y la trova rosarina que compartieron Newell’s y Central. Una serie de exponentes maravillosos que quedaron sellados en el imaginario popular.
Y el Superclásico. Siempre el Superclásico. En aquellos años, el duelo fue de una paridad absoluta, atravesado por goleadas que hoy son leyenda. Desde el 5 a 2 de River en la Bombonera, con el sello del uruguayo Juan Ramón Carrasco y Ramón Díaz, hasta el 5 a 1 que Boca le devolvió en Núñez durante el Nacional de 1982. En ese entonces, asomaba con fuerza la figura de Ricardo Gareca: el «Tigre», tras romperla a préstamo en Sarmiento, volvió a Boca para cansarse de gritar goles. La historia posterior es conocida y forma parte de las fracturas que marcaron a ambos clubes en la década.
Es que el Clásico del Riachuelo es cosa seria. Es el duelo del único barrio que siempre miró al agua; el de Benito Quinquela Martín y Juan de Dios Filiberto. El de las familias que se dividían por unos colores nacidos del amor al juego y de esa identidad que forjó nuestro gran invento: los clubes. Un clásico parido por el sueño de pibes. Unos, cuando en 1901 decidieron unir fuerzas en un terreno cenagoso junto a la carbonera Wilson y una caja de embalaje que rezaba River Plate. Otros, los que alumbraron a su institución en un banco de la Plaza Solís; quisieron llamarse Hijos de la Boca, pero les pareció prosaico y terminaron bautizándose como Boca Juniors.
Mucha agua pasó bajo el puente desde entonces. River se mudó en el lejano 1923 para instalarse en Recoleta y, más tarde, en la zona de Núñez, sin perder jamás su cercanía con el río. Boca, en cambio, siempre representó al barrio. Salvo un breve paso por Wilde allá por 1916, la pasión xeneize se instaló en las calles Ministro Brin y Senguel, para fijar residencia definitiva desde junio de 1924 en Brandsen y Crucero. Primero con la mítica cancha de madera; a partir de mayo de 1940, con ese coloso de cemento que terminó de anudar la santa trinidad: club, barrio e hinchada.
Volviendo a los 80. Entre tantos enfrentamientos, dos le ganaron al tiempo. En este abril de 2026, uno cumplió 45 años y el otro, exactos 40. Ambos se disputaron en la Bombonera. El primero, en una noche húmeda y lluviosa, con un Diego Armando Maradona estelar. El otro, en una tarde de semana soleada, con el condimento de una pelota naranja y los goles del Beto Alonso, el ídolo que ya iba dando las hurras.
1981: El Superclásico que se adelantó por el Lole
En 1981, el deporte argentino atravesaba un momento estelar. El boxeo presumía dos grandes campeones mundiales: Sergio Palma y el cordobés Gustavo Ballas. La Selección se preparaba para el Mundial de España y el Flaco Menotti se relamía con los cracks que venían de ser campeones juveniles en Japón. Allí estaba Diego, que había pasado de Argentinos Juniors a Boca tras una operación de complejidad cinematográfica. En Núñez, la directiva se vio obligada a emular aquel golpe de efecto y repatrió al héroe de Argentina 78: Mario Alberto Kempes. El «Matador» dejó el Valencia para ponerse la banda roja por una verdadera fortuna.
Eran los estertores del dólar barato de Martínez de Hoz. En marzo de ese año, la «bicicleta especulativa» de Joe estaba por romperse, dejando a los clubes —con contratos mayoritariamente en dólares— mal parados y al borde de la quiebra. 1981 fue el año en que descendió San Lorenzo; el año en que Racing comenzó a perder la categoría tras la clausura de su Cilindro; y el año en que todo un país se rindió ante el Ferro de Carlos Timoteo Griguol.
Pero el gran protagonista de aquel calendario fue Carlos Alberto Reutemann. Con casi 40 años, el piloto santafesino entendía que, a bordo de su Williams FW07, le había llegado el momento de consagrarse campeón mundial. El país entero seguía sus carreras por la pantalla de ATC, pendiente del duelo interno con Alan Jones, su compañero en un equipo plagado de rencores.
Jones, el campeón vigente, lucía el «1» en su Williams y había ganado la primera prueba en Long Beach. La segunda cita fue en Jacarepaguá, Brasil. Reutemann tomó la punta y, sobre el final, ignoró la orden de boxes que le pedía dejar pasar al australiano. El «Lole» no hizo caso y ganó la carrera, desatando una polémica mundial por su desobediencia. La tercera prueba de la temporada sería en Buenos Aires, el domingo 12 de abril. Como ese mismo día debía disputarse la décima fecha del Metropolitano, la AFA tomó una decisión excepcional: adelantar el Superclásico a la noche del viernes 10 de abril para que nada opacara la fiebre por Reutemann.
La noche en que el barro se hizo gloria
Llegó el viernes 10 de abril de 1981 bajo una lluvia persistente que no dio tregua a Buenos Aires. La ciudad estaba conmocionada: el grave accidente de la actriz Mónica Jouvet mantenía en vilo a la colonia artística y al público en general. Sin embargo, a las ocho de la noche, la Bombonera ya era un hervidero. A las 21:30, el árbitro Arturo Ithurralde dio el pitazo inicial.
Boca Juniors, dirigido por Silvio Marzolini, alistó a: Carlos Alberto Rodríguez; Vicente Alberto Pernía, Oscar Alfredo Ruggeri, Roberto Mouzo y Carlos Héctor Córdoba; Jorge José Benítez, Ariel José Krasouski y Diego Armando Maradona; Osvaldo Salvador Escudero, Miguel Angel Brindisi y Hugo Osmar Perotti
River Plate, conducido por el eterno Ángel Labruna, saltó al campo con: Ubaldo Matildo Fillol; Eduardo Omar Saporiti, José Luis Pavoni, Daniel Alberto Passarella y Alberto César Tarantini; Juan José López, Reinaldo Carlos Merlo y Norberto Osvaldo Alonso; Pedro Alexi González, Mario Alberto Kempes y Emilio Nicolás Commisso
El primer tiempo fue una batalla en el lodo: intenso, pero carente de ideas claras. La figura central terminó siendo Ithurralde. A los 25 minutos, Mostaza Merlo castigó con dureza a Brindisi. Miguelito de Patricios se incorporó con rapidez y le dijo algo que detonó la reacción del 5 riverplatense; la agresión posterior le valió la tarjeta roja. No obstante, la superioridad numérica fue un suspiro para el local: apenas dos minutos después, el Pichi Escudero —un talento puro encerrado en un frasco de un metro cincuenta y ocho— vio la roja tras golpear al Conejo Tarantini, quien fue hostigado toda la noche por una tribuna xeneize que no le perdonaba su regreso a Brandsen 805 con la banda roja.
El descanso llegó con un 0 a 0 estancado por el clima. Mientras tanto, en Avellaneda, Racing vencía a Argentinos Juniors con gol de Omar Roldán. Al reanudarse el juego a las 22:30, un detalle captó la atención de los observadores: el Pato Fillol había dejado atrás su buzo verde para salir con un atuendo bordó de su propia marca y guantes marrones y blancos. ¡Resultaba increíble que un cabulero como Labruna lo permitiera!
Pero Boca fue una tromba hacia el arco de Casa Amarilla. Diego Armando Maradona firmó esa noche su primer gran idilio con el Superclásico. A los 10 minutos, tras apilar a media defensa millonaria, sirvió la pelota para que Brindisi abriera el marcador. Cinco minutos más tarde, el Mono Perotti aprovechó una mala entrega de Pavoni y cedió nuevamente para que Brindisi sellara el segundo.
Faltaba, sin embargo, la obra cumbre; el gol que se contaría mientras exista el fútbol. Minuto 22: Cacho Córdoba trepó por la banda y envió un centro que Maradona dominó con maestría celestial. Diego se hamacó ante un Fillol desesperado que quedó desparramado en el camino, y definió con la clase de los ungidos por el óleo de los elegidos. Mientras salía festejando hacia los viejos palcos, las cámaras de ATC inmortalizaron un acto de heroísmo profesional: un fotógrafo patinó en el barro, pero en plena caída, su flash atestiguó que logró capturar la imagen eterna. Un detalle de aquel gol: mientras la pelota entraba, Fillol observaba desde el suelo cómo Diego sentenciaba a Tarantini, mientras él, casi por inercia, arrojaba fuera de su área un rollo de papel que acababa de caer.
A falta de 25 minutos, Labruna mandó a la cancha a Ramón Díaz, dejando en el banco a dos bronces que curiosamente fueron suplentes en aquel Metro: Mario Agustín Cejas y René Houseman. En Boca, se produjo el debut del Puma Morete, un goleador de raza surgido en Núñez.
Héctor Sánchez, es periodista, escritor y boquense de ley. Autor de una biografía fantástica de Ángel Clemente Rojas. En diálogo con Abrí la Cancha, Sánchez recordó: «Hasta marzo de 1981 estuve viviendo en Perú y volví al país para ver a Boca con Maradona. Llegué el jueves previo a aquel Superclásico. Recuerdo que entré temprano y me ubiqué en la tribuna social de Casa Amarilla. Puedo decir que fui testigo privilegiado de una obra de arte de Diego».
Fue final en la Bombonera. Lluvia porteña y desahogo xeneize. Al terminar, Diego intercambió su camiseta con José Luis Pavoni. El domingo siguiente, mientras Nelson Piquet ganaba en el Autódromo con su Brabham, Carlos Reutemann se subía al segundo escalón del podio. Aquellos puntos del Lole serían vitales en una temporada donde su propia escudería jugaría en su contra. El destino estaba marcado: el 15 de agosto, Boca se coronaría campeón del Metropolitano. En diciembre, River, bajo la mano de hierro de Alfredo Di Stéfano y en medio de una tormentosa relación con el Beto Alonso, se llevaría el Nacional tras vencer en la final al Ferro de Griguol, subcampeón de ambos torneos.
Entre la democracia y el Plan Austral: Boca y River ante otro clásico emocionante
En apenas cinco años, el paisaje argentino se transformó de manera irreversible. Entre 1981 y 1986, el país fue sacudido por la Guerra de Malvinas y un pueblo en la calle que terminó pariendo una democracia todavía frágil, pero soberana. Bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, los argentinos lidiábamos con una realidad de nombres extraños: el Austral reemplazaba al peso, mientras el país procesaba la noticia del traslado de la Capital a Viedma. Malvinas permanecía como una herida abierta en el alma y la desmalvinización era el combate cultural de cada día.
En lo deportivo, el clima no era menos turbulento. La Selección de Carlos Bilardo caminaba por la cornisa. En marzo de 1986, tras una derrota ante Francia, un sector de la Coordinadora Radical —en alianza con los periodistas Diego Bonadeo y Rafael Olivari— operó desde las sombras del Ministerio de Acción Social para desplazar al Narigón y restituir a Menotti. Sin embargo, una filtración clave del periodista Hugo Lencina puso sobre aviso a Julio Grondona. En un mano a mano histórico con Rodolfo O’Reilly, el presidente de la AFA aplicó su jugada maestra: amenazó con denunciar la intervención estatal ante la FIFA. Aquel blindaje no solo salvó a Bilardo, sino que evitó que Argentina quedara fuera de la Copa del Mundo de México. La historia posterior es conocida.
Mientras tanto, River y Boca intentaban sobrevivir a sus propias tormentas financieras. River Plate venía de un 1983 agónico, con el club en paro y el promedio del descenso acechando por milésimas. No fue hasta 1984, con la llegada de Hugo Santilli a la presidencia, que la institución levantó cabeza y comenzó a modelar el equipo que muy pronto alcanzaría la gloria máxima.
La historia de Boca Juniors fue, si cabe, más dramática. Entre 1984 y 1985, el club transitó el desierto más hostil de su vida institucional. Para la memoria colectiva quedaron las humillantes camisetas blancas con números pintados a marcador frente a Atlanta, pero el trasfondo era terminal: el club bordeaba la quiebra. Fue la intervención de Federico Polak la que otorgó un cauce de normalización, un camino que luego consolidarían, por largos años, las figuras de Antonio Alegre y Carlos Heller.
Como cierre de este lustro frenético, ambos clubes protagonizaron una polémica que hizo época: el traspaso de Oscar Ruggeri y Ricardo Gareca. Las dos figuras de Boca habían quedado técnicamente libres por falta de pago, un escenario que amenazaba con dejar al club sin un centavo en su momento de mayor vulnerabilidad. Finalmente, la mediación de Grondona resultó salomónica: River compró sus pases por 200.000 dólares y cedió a cambio a Carlos Tapia y Julio Olarticoechea, sellando así uno de los movimientos más ruidosos y recordados de nuestra historia futbolística.
La tarde de la pelota naranja: El domingo en que el Halley pasó por la Bombonera
River Plate fue el dueño absoluto de la temporada 1985/86. Bajo la conducción de Héctor Veira, aquel equipo funcionaba como una sinfónica de buen fútbol. El 9 de marzo de 1986, en la fecha 33 del certamen, se consagró campeón al golear 3 a 0 a Vélez en el Monumental con tantos de Héctor Enrique, Néstor Gorosito y un Enzo Francescoli que ya se despedía rumbo al fútbol francés. Pero el calendario guardaba un desafío simbólico: con el título en el bolsillo, en la fecha 36 el campeón debía visitar a Boca Juniors.
La cita fue el domingo 6 de abril de 1986. Mientras el país alzaba la vista para observar la cola del cometa Halley en su paso tras 75 años, en la tierra se desplegaba un operativo policial inédito con más de mil agentes custodiando la Bombonera. En los días previos, Hugo Gatti le había hecho un pedido singular a un gerente de Adidas: una pelota de color naranja. El Loco, previsor, temía que la marea de papelitos blancos que recibiría a los equipos impidiera la correcta visual del balón. El sábado por la mañana, tres pelotas naranjas recién fabricadas llegaron a la sede de Brandsen 805.
En el vestuario visitante, el plantel de River Plate enfrentaba un dilema ético y de seguridad: ¿debían dar la vuelta olímpica? La duda se transformó en tensión cuando el micro fue rodeado y sacudido como una coctelera por cientos de hinchas xeneizes al llegar al estadio. Una gigantesca barra de hielo estalló en el techo del vehículo. Pese al temor reinante, el presidente Hugo Santilli fue tajante: el partido se jugaría y el equipo daría la vuelta en la tierra santa boquense.
Y así fue. Como en 1942, el conjunto millonario emprendió la marcha triunfal en el barrio que lo vio nacer. El festejo comenzó frente a las tribunas del Riachuelo, donde la multitud de River saludó a sus héroes, pero al intentar completar el recorrido hacia el arco de Casa Amarilla, una lluvia de objetos obligó a interrumpir el paso. Para la historia, quedó como una media vuelta cargada de adrenalina.
El árbitro Francisco Lamolina aceptó el uso de las pelotas naranjas, aunque ingresó al campo de juego con una clásica Tango blanca de vivos negros.
Boca Juniors, dirigido por Mario Zanabria, formó con Hugo Gatti; Claudio Di Natale, Jorge Higuaín, Roberto Passucci y Enrique Hrabina; Milton Melgar, Julio Olarticoechea y Carlos Tapia; Alfredo Graciani, Jorge Rinaldi y Ángel Hoyos.
Por su parte, el equipo del Bambino Veira alistó a Nery Pumpido; Eduardo Saporiti, Carlos Karabín, Oscar Ruggeri y Alfredo Montenegro; Héctor Enrique, Américo Gallego, Norberto Alonso y Claudio Morresi; Roque Alfaro y Luis Amuchástegui.
A los 15 minutos de juego, el destino hizo su primer movimiento: la pelota blanca se perdió por el lateral y, para el tiro de esquina siguiente desde el arco de Casa Amarilla, el comisario deportivo le alcanzó a Roque Alfaro la pelota naranja con la cual se disputaría el resto del primer tiempo. Minuto 31. Tiro libre para River desde la derecha. Roque Alfaro acarició la pelota naranja, que voló hacia el área chica con un efecto hipnótico. En un instante de vacilación, Enrique Hrabina y Hugo Gatti quedaron estáticos; fue entonces cuando Norberto Alonso se filtró para conectar de cabeza y marcar el primer gol de la tarde. El festejo del Beto, besando la camiseta frente a la tribuna, quedó grabado como una de las postales más icónicas del Superclásico.
En el complemento, Boca Juniors se volcó desesperadamente al ataque. A los 20 minutos, River Plate quedó en inferioridad numérica tras la expulsión de Alfredo Montenegro, quien vio la roja directa por demorar el juego. Con diez hombres, el equipo del Héctor Veira resistió el asedio, pero a falta de cinco minutos para el final, una infracción de Roberto Passucci sobre el propio Norberto Alonso en el borde del área preparó el escenario para el acto final.
El «10» se hizo cargo del tiro libre con su zurda prodigiosa. El remate buscó el primer palo, pero en un acto reflejo, Roberto Passucci levantó sus puños y desvió la trayectoria hacia el palo opuesto. Sin embargo, el destino ya estaba escrito: el balón infló la red y el Beto de Polvorines desató un segundo festejo desbordante. Aquel triunfo fue el preludio de un año de gloria absoluta, donde River rompería el estigma continental al conquistar la Copa Libertadores y, más tarde, la Intercontinental en Tokio frente al Steaua de Bucarest.
«El equipo de 1985/86 fue único por esa combinación de Norberto Alonso, Enzo Francescoli y Claudio Morresi. Pero esa tarde de la pelota naranja, ya sin Enzo —transferido a Francia—, fue el broche de oro para la carrera del Beto», reflexiona el escritor Gustavo Cardone en diálogo con Abrí la Cancha. «Se dieron todas las condiciones: fue un partido de barrio, con muchísima efervescencia, y el ídolo no arrugó. En tiempos donde la violencia rodeaba cada estadio, su temple lo terminó de consagrar en el altar riverplatense».
Pasaron 45 años de la lluviosa tarde que Diego Maradona enamoró a la Bombonera con su fútbol y un golazo memorable. Pasaron 40 de una soleada tarde de otoño que una pelota naranja impulsada por el Beto Alonso se metió para siempre en el corazón riverplatense. Cosas de ese clásico de barrio transformado en el clásico futbolero más importante del mundo. River-Boca / Boca-River. El Clásico que nació a la vera del Riachuelo.




